"Tenemos que hablar", dice esta distopía a nuestra sociedad

Rojo y blanco: colores de criada. Símbolos de fertilidad y pureza. Y marca inconfundible de la distópica y terrorífica “República” de Gilead, donde las mujeres tienen poco más valor que un útero con patas. Sí, The Handmaid’s Tale pone el vello de punta. Y el hecho de que acontezca en el futuro no es ningún consuelo, sino todo lo contrario; se trata más bien de una exhortación, un mensaje de advertencia dirigido a nuestra actual sociedad: “Sigamos así y muy pronto éste será el mundo que nos rodee”. Homofobia, machismo, patriarcado o fanatismo religioso son sólo algunos de los problemas sociales que hallan cobijo en esta serie, además de elementos que ayudan a que la trama futurista hable al espectador en tiempo presente. Y sin pelos en la lengua, cabría decir. Como debe ser, dada la realidad que denuncia.

Basada en la novela homónima de Margaret Atwood, The Handmaid’s Tale nos transporta a unos Estados Unidos en los que la tasa de natalidad ha decrecido peligrosamente, lo que hace que la humanidad empiece a vislumbrar los primeros indicios de su extinción. Aprovechando la coyuntura, un colectivo de extremistas religiosos se hace con el poder, rebautizando el país como Gilead y creando el concepto de las criadas: mujeres fértiles cuyo cometido primordial estriba en quedarse embarazadas y dar a luz; por ello, sufren mensualmente “la ceremonia”, un acto en el que los altos cargos masculinos las violan pretextando la palabra de Dios. Este escenario de pesadilla se nos mostrará a través de los ojos de June Osborne (Elisabeth Moss), alias Defred, una mujer a la que han separado de su familia y convertido en criada. A lo largo de los episodios, conoceremos los entresijos de la vida en Gilead y cuán es la desdicha de ser fecunda en este régimen totalitario.

Las criadas, una metáfora de la opresión que arrostra el género femenino.

¿Qué es lo que hace que una serie sea grande? Yo diría que, fundamentalmente, tres cuestiones referidas a la calidad de 1) el guión, 2) las actuaciones y 3) el apartado técnico/estético. Y aunque la serie que nos ocupa puede presumir de todas ellas (y es, por ende, una gran serie), quisiera comenzar haciendo hincapié en una en particular: la fotografía. Decidida, definitiva e indubitablemente, The Handmaid’s Tale se postula, si no la mejor, como una de las obras televisivas con mejor fotografía de la historia. Tanto es así que casi cada plano podría pasar perfectamente por un cuadro de época, y apuesto a que esta aseveración, si bien suena arriesgada, no generará controversia entre aquellos que la hayan visto. La iluminación, el color, el encuadre, los entornos…, todo está tan sumamente calculado que el resultado, en términos visuales, es para quedarse boquiabierto. Los estetas del mundo audiovisual podemos darnos con un bendito canto en los dientes.

En el caso de las actuaciones, las alabanzas no son menos apasionadas. La serie goza de un reparto que rezuma profesionalidad por todos lados: Yvonne Strahovski, Alexis Bledel, Ann Dowd, Joseph Fiennes (¡su lascivo comandante Waterford da incluso más miedo que el Voldemort de su hermano, Ralph Fiennes!)…, todos realizan una labor encomiable y dotan de una gran cantidad de matices a sus respectivos personajes. Pero si a alguien hay que galardonar por su trabajo en The Handmaid’s Tale, ésa es, sin lugar a dudas, Elisabeth Moss. Podría escribir línea tras línea sobre cómo esta actriz nativa de Los Ángeles es capaz de transmitir la más intrincada emoción con apenas un microscópico gesto, sobre cómo logra condensar una miríada de sentimientos en una sola expresión, sobre su habilidad para no dejarse intimidar cuando la cámara se le queda a veinte centímetros de la cara…, pero lo cierto es que la magia interpretativa de Elisabeth Moss sólo puede comprenderse de una forma: viéndola en acción.

Imaginad un marco alrededor de este fotograma y, voilà, un cuadro de galería.

Y en último lugar, pero no menos importante, está la cuestión del guión. Aquí residen, posiblemente, las virtudes más reseñables de la serie, pero también, y a mi parecer, sus más remarcados déficits. Si lo miramos por el lado positivo, nos encontramos ante una serie con un argumento sólido, bien construido y que entraña un poderoso mensaje de concienciación social. Un mensaje que habla de feminismo, de la necesidad de erradicar los valores patriarcales por aquello en lo que pueden desembocar. Un mensaje que arremete contra la homofobia, la intolerancia y las mentes cerradas, que nos hace ver cuál será el destino de la especie humana si seguimos dando vueltas en círculo… Un mensaje que, por la rudeza con que se nos presenta, nos atemoriza…, pero también nos esperanza, puesto que, al fin y al cabo, lo que viene a decirnos es que aún no es demasiado tarde. Que aún estamos a tiempo.

En este sentido, The Handmaid’s Tale se une a otras series, como Sense8 o La otra mirada, que hay que hacer sobresalir, ya no porque resulten más o menos entretenidas, sino porque son necesarias. Porque dan visibilidad a problemas y colectivos que la sociedad se empeña en silenciar, como si se avergonzara de ellos o no los concibiera como parte de sí misma. Por consiguiente, hemos de agradecer (y procurar fomentar) la existencia de ficciones de esta envergadura.

Asimismo, otra de las bondades del guión radica en la psicología de sus personajes, y es que The Handmaid’s Tale rehúsa caracterizar a sus protagonistas a base de blancos y negros, apostando en casi todos los casos por el gris. De esta manera, no escasearán los momentos en los que el espectador empatice con “los villanos” e incluso repruebe algunas de las acciones de “las heroínas”. Todo adquiere un matiz tremendamente humano e imperfecto que reviste la trama de verosimilitud.

La serie emplea flashbacks de forma reiterada para explicarnos el actual statu quo.

Ahora bien, como hemos apuntado, no todo es plausibilidad en el guión. Dejando a un lado los referidos aciertos, sería injusto no admitir que, en muchas ocasiones, The Handmaid’s Tale peca de ser excesivamente lenta. La mayor parte del tiempo no brinda situaciones que despierten de manera impetuosa el interés del espectador ni utiliza cliffhangers al final de los episodios. La constancia depende, por lo tanto, de la paciencia y la fuerza de voluntad de cada cual, sin que eso signifique que la serie sea aburrida o soporífera. Sencillamente, constituye un entretenimiento pausado, que se cuece a fuego lento y al que hay que dedicarle algo de tiempo y fe.

Por todo lo dicho, creo que no es descabellado afirmar que, de ahora en adelante, The Handmaid’s Tale debería ostentar un lugar prioritario en las listas de mejores series de la historia, tratándose, además, de una de las joyas de la corona del actual panorama televisivo. Bendita sea y el Señor permita que la renueven para una tercera temporada.