El hijo de un Matt Groening a medio gas que aun así nos deleita

En las últimas semanas, (Des)encanto, la nueva serie de animación de Matt Groening para Netflix, ha estado recibiendo una oleada de palos tras otra por parte del público. Parece ser que, esta vez, el creador de Los Simpson y Futurama no ha sabido cómo contentar a sus más acérrimos seguidores, quienes no han dudado en tachar la serie de repetitiva y poco original; en el caso de la audiencia estándar, las críticas tampoco han sido mucho más esperanzadoras. Las malas lenguas hablan de un fracaso estrepitoso para la plataforma de streaming e incluso del ocaso del imperio de Groening en favor de otras series vanguardistas como Rick y Morty o BoJack Horseman que lideran el mercado de la animación actual. ¿Se trata de pura charlatanería hater o estamos ante el prolegómeno de la caída de un gran genio?

En (Des)encanto seguiremos los pasos de la princesa Bean, el demonio Luci y un elfo llamado Elfo. De la mano de este singular trío, recorreremos un mundo de fantasía en el que la magia y la decadencia abundan a partes iguales.

Un trío protagonista con mucho tirón.

Teniendo en cuenta la nefasta reputación que ha cosechado por doquier, la sorpresa de uno puede ser mayúscula cuando, con cierta suspicacia, se sienta frente al televisor y descubre, contra todo pronóstico, que el primer capítulo de (Des)encanto es fascinante. Entonces, acude presurosamente a las redes sociales y empieza a promulgar a diestra y siniestra lo buena que es la serie, y lo malvados e intransigentes que son el resto de espectadores por sentenciarla. Pero ¡cuidado!, porque, al igual que la falaz dama de la habitación 237 de El resplandor, (Des)encanto es un perfecto ejemplo de que las apariencias engañan, y en el mal sentido.

Me explico. En efecto, el primer episodio resulta ser lo que todos esperábamos de la serie: fantasía medieval, historia prometedora, personajes carismáticos y mucho, mucho humor. Sin embargo, el hechizo de Groening es efímero, y es que a partir de ahí la trama cae en picado…, se desmorona, se desinfla. Los chistes se tornan demasiado ligeros, insípidos. Los personajes, aunque bien definidos, adolecen de unos guionistas que parecen no saber cómo sacar a relucir todo su potencial, por lo que se quedan estancados en sus rasgos más básicos. La historia, si bien constituye un entretenimiento liviano, no saca provecho de las infinitas posibilidades que ofrece un universo de ficción repleto de reyes, magos, caballeros andantes y toda clase de criaturas quiméricas.

La pasma medieval en plena persecución.

Se echa en falta más exploración, más aventura, más excursiones a territorios desconocidos… Pero (Des)encanto, por el contrario, se acomoda a un surtido de escenarios y situaciones reiterativos del que le cuesta despegarse, como si de una sitcom se tratara. De vez en cuando, se intuyen amagos de iniciar una remontada argumental; pero ésta, para desdicha del espectador, no llega a consumarse jamás. Por consiguiente, podría decirse que, a nivel de guión, Matt Groening ha dado forma a una propuesta sugerente y distraída pero con un desarrollo que, en lugar de hacerla florecer, la deja marchitándose, a la espera de una segunda temporada que la revitalice.

Sorprendentemente, el punto fuerte de (Des)encanto tampoco es su animación, que se mantiene bastante mediocre la mayor parte del tiempo e incluso roza lo chapucero en algunos momentos. Distinto es el caso del apartado artístico, laudable por sus fondos barrocos y de apariencia artesana, y su diseño de personajes minimalista pero resultón.

La birra, auténtica protagonista de las ficciones de Groening.

Seamos claros: (Des)encanto está muy lejos de ser una obra maestra, pero tampoco es el insultante chasco por el que la tienen los trovadores de la era digital. ¿Que es bastante inferior a las agasajadas Rick y Morty y BoJack Horseman? No seré yo quien lo niegue; sin embargo, conviene no perder de vista que tanto la una como la otra tuvieron también sus momentos de bajeza (¿un arco argumental sobre payasos dentistas? ¡Claro que sí, BoJack!), episodios desafortunados (¿Estamos cerdis? ¡Ahí le has dado, Rick!) e incluso alguna temporada que invitaba a experimentar el tedio en estado puro (te confieso, BoJack, que tu debut fue un hueso duro de roer).

Así pues, seamos piadosos y otorguémosle el beneficio de la duda hasta el estreno de su segunda temporada; una visión de conjunto nos permitirá emitir una valoración mucho más certera. Después de todo, no debemos olvidar que, durante décadas, el bueno de Matt ha sido un respetable monarca de la animación para adultos; sería injusto no escuchar el resto de su desencantado cuento…