Permitidme comenzar, en esta ocasión, con una pequeña reminiscencia de mi pasado. Corría la primavera de 2009. Era por la mañana, y yo estaba en casa. Mis padres me habían dejado faltar ese día al instituto porque, al parecer, me dolía la garganta (lo sé, mis padres no son muy escépticos en materia de excusas). Como ambos estaban muy ocupados con los quehaceres rutinarios y yo no sabía muy bien en qué emplear el tiempo, andaba un poco aburrido. Decidí subir al trastero en busca de algo con lo que entretenerme. Una vez allí, despejé como pude el acceso de trastos y me abrí paso hasta el recoveco donde mi padre guardaba su añeja colección de cómics. Ya había ido allí otras veces para extraer tebeos de Mortadelo y Filemón y cosas por el estilo, pero en aquella ocasión algo que antes me había pasado desapercibido captó mi atención: una serie a medio hacer de finos tomos con el lomo amarillo. Separé un ejemplar del montón para observarlo más de cerca… “Las aventuras de Tintín”, se leía en la mitad superior de la portada. Un poco por debajo, un joven con atavíos escoceses surcaba en barca, junto a su fiel perro, un mar grisáceo al atardecer. Frente a ellos, se alzaba un pequeño islote de roca sobre el que se erigían dos arcaicas torres. Una turba de cuervos (¿o eran gaviotas?) sobrevolaba el lugar, confiriéndole una apariencia de película de terror. Por último, el título, escueto y de grandes letras, remataba la escena: La isla negra. “Psché, un cómic de Tintín”, pensé. Y aun con esa actitud prejuiciosa me dispuse a echarle un vistazo. No sé qué ocurriría al abrir aquel tomo, sólo sé que desde entonces he sido un devoto admirador del reportero pelirrojo.

Y es que tanto si somos amantes como detractores de Tintín, lo que no puede negarse es que la obra de Hergé constituye un referente indiscutible para la historia del cómic europeo en general y franco-belga en particular. Del mismo modo, apuesto a que no soy el único lector que se ha pasado tardes enteras frente a un álbum de Tintín, viajando de la mano de un joven reportero y su leal compañero perruno alrededor del mundo, resolviendo misterios y destapando conspiraciones, conociendo culturas a la par que aprendemos nobles valores, echándonos unas risas con situaciones que sólo el mal genio del capitán Haddock o la torpeza de los detectives Hernández y Fernández son capaces de brindar… Pasando, en definitiva, un rato de lo más divertido. Y puesto que Las aventuras de Tintín son, sobre todo, una oda a la curiosidad humana, considérense las siguientes diez curiosidades como mi particular homenaje hacia el autor y su criatura.

1. ¿El malvado Georges Remi?

Georges Remi es el cerebro que hay detrás de todos y cada uno de los álbumes de Tintín, el lápiz y la pluma que convirtieron un par de garabatos en lo que hoy por hoy es una obra de popularidad internacional. Pero, probablemente, todos le conozcamos mejor por su seudónimo artístico, Hergé (el cual, por cierto, resulta de pronunciar en francés sus dos iniciales invertidas).

Gracias a la creatividad y el empeño que vertió sobre sus personajes, Hergé ha recibido a lo largo de los años un sinnúmero de alabanzas. Aun así, la figura de este historietista originario de Bélgica tampoco ha estado exenta de controversia: se le ha tildado de colonialista, racista, anticomunista, misógino e incluso se le ha llegado a acusar de haber colaborado con los nazis. Sin embargo, la mayoría de estas acusaciones parten de hechos muy arbitrarios y hacen, en cambio, inferencias muy arriesgadas. Por ejemplo, algunos críticos de Hergé deducen la mencionada misoginia de la escasa presencia de personajes femeninos en sus obras, o lo tachan de colaboracionista del nazismo aduciendo que durante la Segunda Guerra Mundial, tras el cierre del diario donde se publicaban sus historietas, continuó las aventuras de Tintín en un periódico aprobado por el régimen alemán.

Se trata, como veis, de recriminaciones con muy poco fundamento, y que se explican mejor contextualizando la obra del autor y no perdiendo de vista la ideología de la Europa del siglo XIX. Así pues, ¿“Hergé, el malvado”? Yo diría que más bien “Hergé, hijo de su época”.

2. Palle Huld, un Tintín muy real

Como todo buen artista, Hergé también tuvo varias musas a la hora de crear a algunos de sus personajes. En 1928, Palle Huld, un reportero pelirrojo de quince años de edad, ganó un concurso que lo llevó a dar la vuelta al mundo en cuarenta y cuatro días. Al terminar su viaje, se escribió un libro que relataba sus experiencias. ¿Adivináis quién no dudó en hacerse con una copia del mismo? Así es, nuestro amigo y vecino Georges Remi.

Pero Tintín no es el único con un homólogo en la vida real. A juzgar por su parecido físico, la posibilidad de que Hergé tomara al suizo Auguste Piccard como modelo para crear al profesor Silvestre Tornasol resulta completamente plausible. Por si fuera poco, el profesor Piccard, físico de profesión, es conocido por ser el inventor del batiscafo, artilugio que le permitió descender a las profundidades marinas en 1948, así como por su ascenso hasta la estratosfera en una cápsula presurizada; hazañas éstas que recuerdan muchísimo a las llevadas a cabo por Tornasol en las viñetas.

Otra analogía que merece la pena comentar es la del castillo de Moulinsart, la mansión del capitán Haddock. En este caso, no hay duda de que el castillo de Cheverny, en Francia, fue la referencia principal del autor para diseñar la fachada del caserón.

Comparación entre el castillo de Cheverny y la mansión de Moulinsart.

3. El origen de Milú

El perro de Tintín, un fox terrier blanco llamado Milú (o Milou en la edición original), es casi tan icónico como su propio amo. Pero… ¿de dónde proviene su nombre? De entre todas las hipótesis que se han barajado al respecto, hay una especialmente curiosa. Según ésta, Milú le debería su nombre a Marie-Louise van Cutsem, una antigua novia de Hergé de la que supuestamente el autor quiso vengarse; y es que si bien la contracción de Marie-Louise es Malou, se dice que a la señorita Van Cutsem la llamaban Milou en su círculo de confianza. Así que, en conclusión, Hergé le puso el nombre de su exnovia a un perro. Todo lo cual hace que vuelva a preguntarme… ¿el malvado Georges Remi?

4. El Loto Azul, un punto de inflexión para Hergé

Para la elaboración de los cuatro primeros álbumes (a saber: Tintín en el país de los soviets, Tintín en el Congo, Tintín en América y Los cigarros del faraón), Hergé confesaba no haber puesto mucho ahínco en lo referente al proceso de documentación, por lo que en muchas de sus historias había una carga importante de imprecisiones y estereotipos raciales.

No fue hasta El Loto Azul cuando la documentación pasó a ocupar un puesto prioritario en su metodología de trabajo. Todo sucedió a raíz de que Zhang Chongren, un joven estudiante chino, se pusiera en contacto con Hergé cuando éste expresó la intención de ambientar en su país la siguiente aventura del personaje. A Chongren le preocupaba que Hergé pudiera mostrar una imagen distorsionada de la civilización oriental; por consiguiente, se ofreció a colaborar con él y a transmitirle los conocimientos que poseía sobre su tierra natal.

El resultado fue lo que muchos expertos han considerado la primera obra maestra del autor. A modo de agradecimiento por sus servicios, el personaje de Tchang Tchong Yen está basado en Chongren. Ni que decir tiene que, de ahí en adelante, Hergé no volvió a relegar a un segundo plano la labor de documentarse previamente a la realización de un álbum. De hecho, casi podría decirse que desarrolló toda una obsesión en torno al tema.

5. Insultando con propiedad

Cualquiera que haya leído cómics de Tintín se habrá desternillado, en un momento u otro, con los arranques de rabia del capitán Haddock y sus atropelladas sucesiones de improperios. A lo largo de los quince álbumes en los que interviene, se llegan a registrar hasta 268 insultos diferentes. Llama la atención que la mayoría de ellos no son, en realidad, insultos como tales, ya que, en consideración a su público infantil, Hergé hizo pasar por palabrotas una infinidad de tecnicismos científicos y vocablos extravagantes. Así, “cercopiteco”, “lepidóptero” o “ectoplasma” son sólo algunos de los términos más normales que verás salir de la boca del capitán.

Una muestra de las habilidades lingüísticas de Haddock.

6. ¿Rubio o pelirrojo?

He aquí un dilema que seguramente muchos “tintinólogos” no se habían planteado jamás: ¿es Tintín rubio o pelirrojo? Para el que escribe estas líneas, Tintín es y será un pelirrojo de pura cepa… si bien es verdad que ambas posturas son igualmente defendibles. En general, puede decirse que durante sus primeras andaduras, Tintín es más rubio que otra cosa; hacia la mitad, adquiere una tonalidad intermedia; y ya en los últimos álbumes, su pelo se ve marcadamente anaranjado. Ante esta disyuntiva, una de las soluciones más aceptadas es el strawberry blonde (o rubio fresa en castellano), esto es, una tonalidad esencialmente rubicunda con reflejos rojizos.

En ‘Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio’, Spielberg apuesta fuerte por el pelirrojo.

Lo más probable es que estas variaciones de color se deban sencillamente a cuestiones de imprenta. De todas maneras, tampoco es que estemos hablando de nada crucial; creo que cualquier fan de Tintín estará de acuerdo conmigo en que las características más definitorias del personaje residen en su carácter, y no en su aspecto.

7. Un periodista holgazán

A propósito, hemos dicho que Tintín era periodista, pero… ¿cómo sabemos esto si nunca se le ve ejerciendo su oficio? Lo cierto es que pese a que el personaje cuenta con un total de veinticuatro largos tomos, tan sólo uno de ellos (Tintín en el país de los soviets) le muestra entregado a la redacción de un artículo. ¡Veinticuatro tomos y un único artículo! ¡Vaya un reportero holgazán!

Extracto de ‘Tintín en el país de los soviets’.

8. Viñetas a la línea clara, el plato especial de la casa

La línea clara es el estilo que Hergé utiliza para dibujar los álbumes de Tintín, siendo asimismo su más destacado representante. Esta técnica se caracteriza por el uso de un trazo muy depurado y un entintado de grosor constante, de forma que todos los elementos (ya sean del primer plano, del segundo o incluso del fondo) se entintan con líneas de idéntico espesor. En cuanto al color, se emplean tintas planas, sin aplicar sombras. También es propio de la línea clara la combinación de personajes caricaturescos con entornos realistas, cosa de la que Tintín es un ejemplo paradigmático.

Todos los elementos de la viñeta están entintados con líneas de igual grosor.

9. Históricamente representativo

Otra de las bondades de Tintín, quizá la más importante a nivel didáctico, es lo ilustrativas que son sus historias con respecto a las circunstancias históricas en que tienen lugar. Y es que de todos es conocido el afán de Hergé por reflejar en sus trabajos la realidad del momento e incluir críticas sociales encubiertas.

Por poner algunos ejemplos, en El Loto Azul, Hergé denuncia el colonialismo y el racismo, y critica abiertamente la intervención de Japón en China. El cetro de Ottokar es un reproche hacia las políticas expansionistas; basta con fijarse en el nombre con que el autor bautiza al villano de la historia: un dictador ficticio llamado Müsstler, evidente mezcla de Mussolini y Hitler. Por último, en la aventura titulada Stock de coque, Hergé arremete contra la esclavitud, mostrando como sus protagonistas desmantelan una red de traficantes de armas y esclavos.

10. Spirou y Astérix, la distinguida competencia

En sus más de cuarenta años de publicación, Tintín ha rivalizado con muchos personajes de renombre, pero ningunos tan formidables como Spirou y Astérix. Cronológicamente, el botones Spirou fue el primero en lograr hacerle sombra a la criatura de Hergé. Dejando al margen sus descarados parecidos, resulta curioso saber que Hergé admiraba profundamente la destreza de André Franquin, uno de los dos dibujantes que ha tenido el personaje.

No obstante, fue con la llegada de Astérix el Galo cuando Tintín tuvo que hacer frente a su más gigantesco competidor. En la actualidad, Astérix tiene unas ventas ligeramente superiores a las de Tintín, pero según revela una encuesta realizada en 2005, es este último quien sigue siendo el personaje más querido por los franceses.

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Pese a que, en los tiempos que corren, los álbumes de Tintín puedan dar la sensación de ser algo demasiado retro o desfasado, creedme cuando os digo que hay pocas cosas que recomiende tan encarecidamente como su lectura. Quién sabe, igual un día abrís un álbum y os dais cuenta, tal como me pasó a mí, de que las apariencias… engañan.